Domingo, Julio 23, 2017
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CHETUMAL ANTE LA GUERRA ENTRE MÉXICO Y GUATEMALA

Comenzaba el año de 1959 cuando una noticia tremebunda comenzaba a tomar forma sin que tuviera un aval fidedigno que certificara su veracidad. Comenzó como un cuento a risotadas hasta transformarse en una sólida realidad: la aviación guatemalteca había ametrallado a ocho pequeños barcos camaroneros mexicanos y en el trágico evento perdieron la vida tres mexicanos y habían resultado heridos dieciséis más.

Se abría uno de los gobiernos más populares en la historia de México y el Presidente de la Republica don Adolfo López Mateos con un ascendiente popular extraordinario, convocaba a los mexicanos a librar todas las batallas cívicas por México, transpirándose en ese ambiente una paz casi idílica en los primeros días de diciembre del 58 y brillaba un espíritu nacionalista y solidario que se extendería todo su sexenio, muy difícil de repetir.

En la entidad quintanarroense finalizaba por fin el oprobioso régimen de don Margarito Ramírez, y se advertía en el nuevo gobernante el Ing. Aarón Merino Fernández ganas de trabajar y entregar buenas cuentas al gobierno de la República y desde luego al pueblo de Quintana Roo.

Habría que recordar que éramos una ínsula federal junto con Baja California Sur, que dependíamos de un subsidio otorgado por el gobierno nacional y la legislación que normaba nuestra conducta personal así como al andamiaje territorial, era la misma que regía a la capital de la República.

Superados tantos avatares cívicos, políticos y los engendrados por la propia naturaleza, un rostro de confianza y alegría asomaba en los quintanarroenses al asomar en la agenda general del merinismo, una dinámica constructiva que pareció abarcar todos renglones de la vida institucional del rescatado Territorio, y lo mismo era una escuela que se levantaba, que la pavimentación de calles y avenidas, bibliotecas públicas, la inauguración del moderno edificio de la escuela Sec. Fed. Adolfo López Mateos, más tarde vendría el adiós a los corbatos con la introducción del agua potable, apertura de caminos vecinales de terracería y el seguimiento constructivo de la carretera Chetumal Mérida, en el deporte la incursión en la Liga Peninsular de béisbol abanderados por la novena Chetumal y sus héroes deportivos el Kilómetro Sánchez, Muñosito Rendón, Pepe Adams y un chetumaleño a quien apodaban la Chihua, mientras que garbosas y bellas jovencitas chetumaleñas bailaba y cantaban, portando con elegancia el atuendo regional, el inspirado son intitulado “La Chetumaleña” de la autoría de don Rubén Darío Herrera, hermosa melodía que se canturreaba en cualquier lugar y de la cual trascribo dos líneas vitales: “chetumaleña linda, linda, linda como el sol, que luce el mes de mayo sobre mi Quintana Roo”.

Más adelante, en la Explanada de la Bandera, la esforzada administración presentaría nada menos que a una de las mejores orquestas del momento bajo la dirección del maestro Mariano Mercerón y otros números artísticos de alta calidad.

Parecía que el Gobierno de la República deseaba que el pueblo quintanarroense y en especial su capital tantas veces herida por el infortunio, tuviera gratos momento de solaz y esparcimiento. Sin embargo, una nube de tormenta comenzó a oscurecer el horizonte otrora tan luminoso y despejado, con las noticias que fueron cayendo a granel algunas leídas en el Diario de Yucatán y otras escuchadas en la poderosa emisora la XEW, La Voz de la América Latina desde México, desde el primer día del año de 1959: “ocho pequeñas embarcaciones camaroneras mexicanas fueron sorprendidas pescando en aguas territoriales guatemaltecas y ametralladas por aviones militares con el resultado fatal de tres muertos y dieciséis heridos.

La protesta diplomática del Gobierno de la Republica se elevó al más alto nivel sin que sus pares de Guatemala ofrecieran disculpas y la reparación del daño material por la atrocidad cometida, que bien pudo evitarse con ráfagas preventivas para disuadir a los pescadores o con algún buque militar que los conminara para que abandonaran las aguas territoriales que supuestamente invadían”.

Para el entonces presidente de Guatemala Miguel Idígoras Fuentes, el trágico incidente resultaba un distractor a la medida por la repulsa del pueblo guatemalteco hacia su gobierno y se dispuso a sacarle raja política hasta las últimas consecuencias llamando a los pescadores agredidos piratas y manifestando que en reiteradas ocasiones, por la línea diplomática, habían advertido al gobierno de México sobre estas incursiones en el mar territorial de Guatemala, haciendo caso omiso las autoridades a sus señalamientos.

Las fuerzas armadas guatemaltecas fueron puestas en estado de alerta ante la posibilidad de una respuesta bélica del gobierno mexicano, en tanto que las encendidas peroratas del mandatario Idígoras Fuentes calentaban más el ambiente y de este modo satisfacía a plenitud su jugada política al lograr que el pueblo guatemalteco olvidara sus malquerencias hacia su gobierno y se adhiriera a su postura irreductible, prestos para invadir el territorio mexicano si se daban las condiciones necesarias; el día 23 de enero, ¡México rompe relaciones diplomáticas con Guatemala!

Algunos analistas han sugerido, con cierta lógica, que de haber estallado un conflicto bélico entre México y Guatemala los objetivos inmediatos de nuestros vecinos centroamericanos estarían centrados en Chiapas y en Sur de Quintana Roo, y los blancos iniciales de los aviones Mustang guatemaltecos podrían haber sido Tapachula y ¡Chetumal!, independientemente que los terribles kaibiles, la bien entrenada infantería “chapina,” hubiera contribuido para avanzar hacia sus objetivos aunque fueran parados en seco por el Ejercito Mexicano.

Los chetumaleños, acerados por la naturaleza y en el combate a las satrapías establecidas, conservaron la suficiente serenidad ante el problema que se avecinaba sin merma de las actividades normales. Ni cuenta se dieron los ciudadanos cuando comenzaron a llegar a Chetumal avanzadas militares, lo que confirmaba que la ubicación geográfica de la capital la convertía en un punto neurálgico si estallaba el conflicto bélico entre las dos naciones hispanoamericanas por lo que había que tomar las precauciones debidas por parte del Gobierno de la Republica.

Los zapadores, como denominaban a los soldados que llegaban junto con pertrechos militares, a pesar de su recio aspecto adoptaron una conducta respetuosa con la población, y en tanto esperaban instrucciones superiores se dieron a la tarea de abrir calles y zanjas probablemente para la posterior introducción del agua potable, además de colaborar en otros menesteres, sin descuidar sus actividades castrenses.

Mientras tanto, la diplomacia mexicana abría uno de sus capítulos más interesantes buscando zanjear por la vía pacífica el problema que escalaba en su magnitud política ante las miles de protestas de los ciudadanos de uno y otro bando que invadían las calles tanto de la capital de México como la de Guatemala, y la tozuda actitud del presidente Idígoras quien acusó a México de albergar a disidentes guatemaltecos y de usarlos para una supuesta invasión a Guatemala desde Belice, por lo que las relaciones entre los dos países vivieron su peor momento en tanto que los ejércitos de ambos países fueron puestos en estados de máxima alerta.

Siendo México el país líder latinoamericano por excelencia en la OEA, insistía en una solución por la vía pacífica pero el escollo lo pondría el presidente guatemalteco al no aceptar la mediación de La Corte Internacional de Justicia o algún país en el diferendo bilateral.

En un histórico discurso pronunciado el mes de agosto de 1959 el hábil diplomático López Mateos toca las fibras más sensibles del gobierno y el pueblo de Guatemala al manifestar que México aceptaría la mediación de otras naciones en el problema “siempre y cuando los términos del arreglo fueran compatibles con la dignidad de Guatemala”.

A partir de ese emotivo discurso comenzó a solucionarse el problema al aceptar el gobierno guatemalteco la propuesta diplomática del líder mexicano que les ofrecía una salida decorosa. En un evento trasmitido por radio y televisión el día 15 de septiembre fecha enorme para el pueblo de México, el estadista mexicano anunciaría la reanudación de las relaciones diplomáticas con Guatemala, comprometiéndose el mencionado país a pagar una decorosa indemnización a los pescadores mexicanos y a los familiares de los muertos, llegando a su fin un problema que puso en pie de guerra a dos pueblos hermanos que al final concluyeron que la paz con dignidad debe ser el estado natural de los pueblos latinoamericanos.

Los cientos de zapadores permanecieron un buen tiempo en Chetumal, hicieron buenas migas con los pobladores, algunos hasta se casaron con bellas jóvenes locales, lo que propició una cancioncilla que cantaban algunos jóvenes de la población en cuanto sabían que determinada señorita era novia de algún apuesto militar: “la marina tiene un barco, la aviación tiene un avión y Cecilia tiene un sardo del segundo batallón”. Y así intercalaban los nombres de acuerdo a las novias que iban saliendo. ¿Un pequeño desquite de los chetumaleños con los soldados por llevarse a sus jóvenes y hermosas paisanas? Quizás, pero no se recuerda el menor altercado y las jovencitas salieron de acuerdo a los requerimientos morales de la época: vestidas de blanco y por la iglesia. Así se selló un capítulo más de la interesante historia chetumaleña.(Primitivo Alonso Alcocer)

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