Domingo, Agosto 20, 2017
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LA POBREZA QUE MATA…

Nadie muere de hambre. Se muere de pobreza, como le pasó a Sol y sus hijos.

Esa muerte comienza con el primer día de un estómago vacío, cuando las piernas y los brazos se debilitan. Los niveles de azúcar caen y sube a la cabeza un dolor punzante. Si la falta de comida persiste, el organismo oxida la acetona y los ácidos grasos que están en la reserva del cuerpo. El pensamiento se nubla, el ánimo decae, el agotamiento se instala. El cuerpo desintegra las proteínas de los músculos. Duelen las articulaciones, los ligamentos, el pecho y los ojos pierden brillo. La falta de alimentos golpea al hígado, los riñones, el bazo. Arde el estómago, el corazón amartilla con taquicardias, los pulmones se aletargan. No hay vigor para caminar, para trabajar o para hablar. El cuerpo enfermo contagia a los sentimientos y una profunda depresión nubla al que sufre. La comida se vuelve un pensamiento obsesivo que desespera y obliga a repensar la vida, pero eso se hace postrado en una cama o en el piso, porque las corvas ya no tienen cómo mantenerse firmes.

 

Se enciende el modo de supervivencia y el famélico siente como si el cuerpo se mordiera a sí mismo para convertir las entrañas en combustible. Se acumulan fluidos que inflan los pies, las muñecas, el vientre. La piel se reseca, las uñas se quiebran, los dientes se destemplan, el cabello se cae cada vez que la angustia hace que las manos vayan a la cabeza. La mente sufre con las alucinaciones, la pérdida de memoria, la desorientación de tiempo y espacio. A esas alturas, el estómago está hecho un desastre. Ni siquiera un bocado puede paliar el sufrimiento. Las únicas opciones son la alimentación intravenosa o la muerte.

El fin llega entre los próximos 20 y 40 días sin alimentos. El final de la agonía es incierto: nadie muere de hambre, sino de hipotermia, un infarto cardiaco o un paro pulmonar. Lo único seguro es que será una muerte dolorosa a la que se llega con el cuerpo colapsado, un final indigno para cualquier ser humano.

¿La joven Sol sabía que eso sufre una persona, cuando la pobreza extrema la ahorca? ¿Conocía el dolor físico y emocional que causa no tener lo indispensable?

¿Eligió suicidarse y matar a sus hijos para no tener que sufrir ese final?

Huele a muerte

La mañana del 30 de agosto de 2016, los habitantes del fraccionamiento Los Agaves, en el municipio de Tlajomulco, Jalisco, al occidente de México, se despertaron envueltos en un olor nauseabundo.

Mientras dormían, un olor fétido se había metido a sus casas por los barrotes de las ventanas y debajo de las puertas, y había impregnado la ropa de cama, los trastes que escurrían, los cuadernos en las mochilas, todo lo que estuviera en contacto con el aire. Siete días antes había comenzado un ligero mal olor, pero ese martes se había transformado en un manto invisible que provocaba arcadas. El aroma había avanzado en los días que el vecindario de casas de interés social se negaba a decir lo que la mayoría pensaba: huele a muerte y el origen es la casa de Sol, de 35 años, y de sus hijos Alberto, de 14, y Óscar, de 7.

Cuando llegó el atardecer, el olor ya era demasiado intenso como para seguir en negación. Era picante a ratos y sofocante la mayoría del tiempo, así que una mujer marcó al número de emergencia 066 y a las 6:59 de la tarde se registró en la base policial “Palomar” una petición anónima de apoyo para saber qué sucedía dentro de esa casa de paredes blancas y reja negra, donde se había instaurado un largo silencio que preocupaba a la comunidad.

Desde que entraron al fraccionamiento, el policía S. y su pareja, a bordo de la patrulla TZ268-5 de la policía municipal, intuyeron lo que iban a encontrar. En cuanto cruzaron la reja principal de Los Agaves, a 150 metros de casa de Sol, en la calle Capela, percibieron que olía a muerte, pero tampoco quisieron decirlo en voz alta. Se estacionaron frente a la puerta, tocaron sin encontrar respuesta y se miraron, como si quisieran decirse “va a ser una noche larga”. Llamaron a la Dirección General de Protección Civil de Tlajomulco y se sumaron dos funcionarios. Los cuatro, frente a la puerta y de espaldas a los vecinos que miraban angustiados, forzaron la entrada e ingresaron.

Un golpe de gases se les metió por la nariz y empujó desde el estómago un latigazo de vómito. Todos, adentro y afuera, contuvieron la respiración, aferrados a la esperanza de que la culpa fuera de una tubería rota en el drenaje, mientras Sol y sus hijos estaban en unas vacaciones tan discretas que nadie los vio salir.

Minutos después, llegó el oficial de más alto rango en el municipio, César Navarro, el comisario de la policía municipal. Cruzó la puerta y vio la diminuta sala, amueblada sólo con lo indispensable, pegada a una minúscula habitación. Giró a la izquierda, cruzó el comedor y miró al fondo la cocina, el baño y una zotehuela. Todo enano y precario. Caminó y entró a la segunda recámara. Y ahí estaba el origen del olor, tal y como se lo habían anunciado por radio.

Tres cadáveres tan descompuestos que, por su experiencia como policía desde 1987, calculó con sólo verlos que llevaban ahí una semana.

Eran Sol, Alberto y Óscar.

La escena fue fotografiada y guardada en el teléfono del comisario Navarro: el cuerpo de Sol tendido en el piso, a los pies de las dos camas que había en la recámara. En una estaba Alberto, tan hinchado que su cuerpo parecía el de un adulto; en la otra, Óscar, acostado de lado, acompañado por un alebrije de peluche. Minutos después, los peritos notarían que las puertas y ventanas estaban fuertemente cerradas por dentro, que las llaves del gas de la estufa estaban deliberadamente abiertas. Y encontrarían once hojas escritas a mano.

La carta, cuentan quienes la leyeron, era un testimonio de depresión, enojo y frustración, pero sobre todo mostraba el deseo de Sol por ser perdonada, aunque también era un esfuerzo por explicar su suicidio y el asesinato de sus hijos: la vida es insoportable cuando la pobreza es tan fuerte que asfixia.

La vida de Sol, tanto como su muerte, se llenó de dudas: ganaba 800 o 900 pesos a la semana como empleada en una maquiladora de material electrónico o en su nuevo trabajo como vendedora de pan. Ella sola sostenía a sus dos hijos, porque vivía lejos de su familia o no tenía contacto con ellos desde tiempo. Hace semanas o meses se había convertido en el único sostén de la casa, cuando su esposo o novio la abandonó y le heredó una deuda de 300 o 600 pesos semanales como parte del crédito que le dio el Instituto del Fondo Nacional de la Vivienda para los Trabajadores. Llevaba semanas recibiendo llamadas y visitas intimidantes de “abogados del gobierno” que querían echarla su casa. Y como Sol no tenía dinero ni más familia cercana que sus dos niños pequeños, aquella tarde lo único que sí tuvo fue la certeza de que debía terminar con su vida y la de su familia.

El fraccionamiento se convirtió en funeraria. Entre llantos apretados y oraciones en voz baja, los vecinos vieron cómo los cuerpos fueron retirados de la casa. La puerta se cerró por última vez y detrás de ella quedó un refrigerador casi vacío y, sobre la mesa del comedor, una taza con un par de billetes y unas pocas monedas, que los peritos creen que era todo el ahorro que le quedaba a Sol. Creen que cuando contó el dinero y supo que, otra vez, la vida la asfixiaba, eligió sus pasos finales: escribir la carta, acostar a sus hijos, acercar al más pequeño un peluche, cerrar herméticamente la casa, cerciorase que estuvieran profundamente dormidos, abrir las llaves de gas y acostarse con ellos hasta que la muerte llegara por los tres.

Al día siguiente, la mañana del 31 de agosto, los habitantes de Los Agaves aún despertaron envueltos en un intenso olor que, como la tristeza, tardaría días en disiparse. La casa de Sol seguía callada, sellada y fría.

Lo único que había cambiado en el paisaje era una veintena de veladoras derretidas que se apagaron en la soledad de la madrugada. (Animal político)

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