Sábado, Agosto 19, 2017
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La peor pesadilla del PRI desde 2000, Edomex, pone a EPN en una cuerda floja… que Zedillo ni pisó

Linaloe R. Flores

La noche del domingo 2 de julio de 2000, en Insurgentes Norte 59 de la Ciudad de México, un dinosaurio salió herido, y miles de personas salieron a las calles a festinar su desgracia. Por primera vez en 71 años, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) había perdido las elecciones presidenciales y ello despertó un júbilo inédito en las calles, los restaurantes, las casas, todos los espacios.

La avenida Reforma de la capital del país se convirtió en un camino a pie hacia el monumento de El Ángel de la Independencia. No era un triunfo de la selección mexicana de futbol. Los gritos y las risas se debían a que el próximo Presidente sería el postulado por el Partido Acción Nacional (PAN) y no el del PRI. Se iniciaba otra época.

Pero en Insurgentes 59 se intentaba curar al dinosaurio.

“La dictadura perfecta”, como llamó al sistema mexicano el escritor Mario Vargas Llosa, estaba derrumbada con todos sus símbolos y recuerdos. Desde  “el dedazo”, esa práctica vital que implicaba que el dedo del Presidente designara a su sucesor hasta la verbena con confeti tricolor, acostumbrada después de cada votación.

Cada seis años, el PRI ganaba las elecciones y acto seguido, campesinos, obreros y burócratas se presentaban ante el candidato electo. Él les pedía perdón y les prometía la restitución del daño. Pero esa noche el partido estaba inconsciente. Y ya no había candidato. Y no había quién pidiera perdón.

Después de una campaña en la que predominó el desenfado, las ocurrencias, los ataques, las anécdotas y la falta de propuestas, Vicente Fox Quesada, candidato del PAN, había triunfado sobre Francisco Labastida Ochoa, el priista sinaloense de 57 años de edad, que eligió un bajo perfil en la primera etapa de la campaña.

En Labastida se adivinaba la táctica de cederle el escenario a Fox para que se tropezara con sus propios “extravíos” y los electores evaluaran sus limitaciones. Pero el juego de “Fox es el peor enemigo de Fox”, no le salió. Y cuando quiso reaccionar era muy tarde.

A las 23:10 horas del 2 de julio, Ernesto Zedillo Ponce de León, Presidente de la República, admitió frente a los mexicanos en un mensaje en cadena nacional ser el último Presidente emanado del PRI. “El próximo Presidente de la República será el licenciado Vicente Fox Quesada”, dijo. Usó un tono de demócrata. Sostuvo que ese día se pudo comprobar que México gozaba de “una democracia madura, con instituciones sólidas y confiables, y especialmente con una ciudadanía de gran conciencia y responsabilidad cívicas”.

Con la voz pausada, el mandatario que fue postulado después del asesinato de Luis Donaldo Colosio Murrieta, expuso: “Hoy ha quedado acreditado ante propios y extraños que la nuestra es Nación de hombres y mujeres libres que sólo creemos en los medios de la democracia y de la ley para procurar el progreso y la solución de nuestros problemas”.

Si el ambiente tenía un sabor, ese era agridulce.

A los cinco días, Zedillo Ponce de León en realidad asistía al hundimiento de su partido. Y al de su propia figura política. En reunión especial, el Comité Ejecutivo Nacional del PRI lo rechazó. Manuel Bartlett Díaz (Secretario de Gobernación en el sexenio de Miguel de la Madrid, hombre a quien se le atribuye la caída del sistema a favor de Carlos Salinas y hoy Diputado por Morena) resumió aquel sentimiento:  “El Presidente Zedillo ha perdido su capacidad de conducción. Ha dejado de ser el líder moral del PRI… ¡No debe mandar ni un minuto más!”. La presidenta nacional, Dulce María Sauri Riancho, se negó a entregarle el poder del partido. Emilio Gamboa declaró el estado de todos: “Es una cruda”.

Con los años, Zedillo se transformaría en el traidor, el ambicioso que quiso pasar a la Historia como un demócrata a costa del PRI, el impulsor del Fobaproa, el fondo por el cual las pérdidas económicas de los bancos privados en la crisis financiera de 1995 se convirtieron en deuda pública.

Su imagen se volvería ambivalente como en un juego de espejos. Por un lado, iba a estar el Mandatario que pudo realizar de manera pacífica la transición, por el otro aparecería el político que llevó a su propio partido a la derrota.

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