Jueves, Agosto 17, 2017
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LA INDIFERENCIA DE LA POBREZA, EL PECADO MÁS GRANDE

Parece razonable pensar que la preocupación última de un gobierno debe ser el bienestar de sus ciudadanos. Por consiguiente, si la política macroeconómica se define en torno a la tasa de crecimiento del Producto Interior Bruto, es porque se considera que establecer el entorno que permita desarrollar las posibilidades de crecimiento de una economía y mantenerlas de manera estable es un buen modo de maximizar el bienestar. Y, sin embargo, la tasa de crecimiento del PIB, utilizada en la presentación y seguimiento de la política macroeconómica, proporciona una indicación muy incompleta de lo que sucede en el país, al no recoger el modo en que la renta generada por dicho crecimiento se distribuye entre la población.  

Evidentemente, un tema vital para una economía en desarrollo como la nuestra es el de la pobreza, debido a que ésta engloba un amplio conjunto de variables económicas que sirven como indicadores tanto del desempeño económico que ha tenido el país o estado, como la eficiencia y contundencia que están teniendo las políticas públicas encaminadas a corregir este problema.

Vergonzoso ranking de pobreza

De acuerdo con el Coneval, se considera a una persona en situación de pobreza moderada cuando ésta presenta, al menos, una carencia social (educación, salud, seguridad social, vivienda, servicios básicos y alimentación) y un ingreso mensual por debajo de la línea de bienestar económico ($2,329 urbano y $1,490 rural), mientras que una persona que vive en pobreza extrema tiene un ingreso mensual inferior a la línea de bienestar mínimo ($1,125 urbano y $800 rural), y además, presenta tres o más carencias sociales.

En Quintana Roo, de acuerdo al estudio de CONEVAL 2014, en relación al número de personas en situación de pobreza ocupamos el lugar número 12 a nivel nacional con el nada honroso 35% de nuestra población en situación de pobreza, y el vergonzoso lugar número 18 con el lamentable 7% de nuestra población en situación de pobreza extrema.

En México hay una profunda concentración de la riqueza, entendiendo esto como el que unos cuantos detentan el poder económico y gozan de los privilegios del bienestar, mientras que muchos otros, millones, viven en la pobreza.  Este fenómeno ocasiona, entonces, una profunda desigualdad social y económica, que no solamente se convierte en un drama nacional, sino que también es un obstáculo para el desarrollo del país.

Por increíble que parezca, México es una de las quince economías más grandes del mundo, ocupa el lugar 74 en el Índice de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas. La permanencia o inmovilidad de las clases sociales es considerable, hoy en día el  48 por ciento de los mexicanos que provienen de los hogares más pobres, se mantienen en los mismos niveles de bienestar socioeconómico que sus hogares de origen.  Tenemos 13.6 veces más desigualdad en el desarrollo humano entre mujeres y hombres que los 10 países con mayor desarrollo del mundo; y las mujeres tienen menores posibilidades de movilidad para superar la pobreza.

Reorientar el presupuesto

La planeación estratégica y la visión de país, y en nuestro caso de Estado, para los próximos 40 o 50 años, deberá ir enfocada en reorientar y organizar el presupuesto hacia políticas públicas efectivas para mejorar el ingreso y desarrollar capacidad productiva.  Para luchar contra la pobreza y disminuir la desigualdad es necesario generar desarrollo económico incluyente, y que se garantice el ejercicio de los derechos sociales básicos, empezando por el acceso efectivo a los servicios de salud, como primer pilar de un sistema de seguridad social integrado y para todos, así como un sistema integral de participación ciudadana que generen nuevas formas de gobernanza para la rendición de cuentas, el combate a la corrupción y la exigibilidad. Los “Observatorios Ciudadanos” y otras instancias de participación deben articularse con las instancias de contraloría social y participación comunitaria y exigir información en datos abiertos, indicadores de mejora del desempeño y la atención.

En tanto no sepamos diseñar una estrategia transversal, participativa, transparente y con objetivos bien definidos, estamos condenados no solo a ser testigos del incremento en la brecha de la desigualdad, sino a ser cómplices de uno de los pecados más grandes, la indiferencia.(Iker Aldecoa Gracián)

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