Martes, Agosto 22, 2017
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EVIDENCIAN CAMPAÑAS ELECTORALES INTOLERANCIA DE EU

El Día del Trabajo acaba de pasar en Estados Unidos y en el aire aún pesan los insultos de la campaña electoral, cargados. Antes, este fin de semana festivo marcaba el fin oficioso del verano, era un momento de pausa para los estadounidenses en el agotador proceso electoral de dos años de duración para elegir a un nuevo líder, uno de los más complejos de las democracias occidentales.

La gente se va a la playa, se reúne alrededor de sus asadores, toma aire antes de que el país comience a caminar hacia las nueve semanas previas a las elecciones.

Este año, el Día del Trabajo es apenas un reductor de velocidad en una campaña frenética. Fuertes controversias –centradas la mayor parte en torno a Donald Trump, el candidato republicano– se han situado en el centro del debate durante el verano. Desde fotos topless de su esposa a historias sobre negocios cuestionables. Hillary Clinton, la candidata demócrata también ha tenido su propia letanía de cuestionamientos debido a la manera de manejar el correo electrónico e, implícitamente, la confianza que se puede depositar en su comportamiento.

La lingua franca de la campaña es un léxico basado en la descalificación y ha puesto de manifiesto una realidad dura: pese (o mejor, debido) a la ingente cantidad de dinero y energía que los estadounidenses han puesto en esta campaña, hoy tienen como resultado a dos candidatos que, a ojos de la mayoría de los votantes, tienen más debilidades que fortalezas.

Trump ha polarizado al electorado con arengas agoreras que oscilan entre los ataques xenófobos a los musulmanes y mexicanos, y reprimendas de novato a quienes le critican. Ese estilo le ha granjeado la adulación de votantes blancos con nivel educativo mínimo y la hostilidad de los negros, los hispanos y otros colectivos que necesitaría para ganar la Casa Blanca.

Clinton lleva buena distancia de ventaja en las encuestas pero su popularidad es también muy baja. Alrededor del 50 por ciento de los votantes registrados la ven de manera desfavorable según una encuesta del canal ABC y el Washington Post publicada la semana pasada. Es caso la misma cifra que piensa igual de Trump, en torno al 60 por ciento. Juntos, son los dos candidatos presidenciales peor valorados de la historia moderna de Estados Unidos. Y en enero, uno de los dos gobernará el país.

No tenía por qué ser así. Las elecciones de este país son exhaustivas y caras: un maratón de dos años de elecciones primarias, debates televisados y mítines por todo el país alimentados por cientos de millones de dólares y un intenso escrutinio. Pero llegados a este punto, se supone que deberían haber creado dos candidatos a prueba de balas que, para el público, tuvieran las cualidad necesarias para gestionar el país.

Pero este año es diferente, las ideas más básicas son las que mandan porque los votantes están enfadados con sus élites, complacientes con la globalización y los inmigrantes. Pero desde que llegué a Estados Unidos me he encontrado con reacciones muy emocionales de la gente con la que me he reunido y que van desde la vergüenza hasta el azoro por el modo en que se desarrolla la campaña. Y eso se aplica a lugares que suelen formar parte del “Estados Unidos olvidado”.

Durante un viaje a un condado en el que se produce carbón en Virgina, estuve en Dingess, un valle remoto que, incluso para la población local, es un remanso. La carretera para entrar al valle seguía un túnel sin iluminar de más de un kilómetro donde se dice que los racistas disparaban a los trabajadores negros que llegaban en tren.

Pero en Dingess no todo el mundo responde a los estereotipos. En mi primera parada, un par de hombres apoyados sobre una portilla vestidos de color caqui a punto de ir a pescar me parecieron votantes típicos de Trump. Resultó que no.

Uno de ellos, Jessie Elkins, de 70 años, sirvió en Vietnam -”13 meses en el infierno”-, y me dijo que estaba convencido de que el carácter de Trump, demasiado rudo, llevaría a Estados Unidos a una guerra innecesaria. El otro, su primo James York, de 40, citó la aparente simpatía que siente Trump por el presidente ruso, Vladimir Putin como un peligro en potencia. “Dice demasiada basura”.

Ninguno de los dos estaba impresionado por Clinton. “Nació con una cuchara de plata en la boca”, dijo Elkins. Pero eso no les hacía apoyar a Trump. “Sé una cosa segura y en dos estoy en lo cierto”, agregó Elkins. “No voy a votar a Trump”.

Tampoco es que las campañas en las que se pelea sin guantes sean demasiado nuevas en Estados Unidos.

En la carrera presidencial de 1928 hubo acusaciones de asesinato, adulterio e incluso canibalismo. No sirvieron para evitar que Andrew Jackson ganase e incluso se convirtiera en la cara de los billetes de 20 dólares.

En 1968, las elecciones que ganó Nixon fueron especialmente ajustadas y duras, como lo fueron los ataques contra la reputación militar del senador John Kerry, que perjudicaron seriamente su candidatura en 2004.

Este año, en cambio, los golpes vienen de todas partes, producto tanto de los estallidos intempestivos de Trump como del ritmo frenético de las redes sociales.(Diariomx)

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