Martes, Agosto 22, 2017
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Empresarios: martirologio de la Magdalena

Por Óscar González Ortiz

Si usted es de aquellos que piensan que el gobierno es responsable de resolver todos los problemas, que éstos no tienen la obligación de poner de su parte ni la necesidad de mover un dedo por su propio interés, este es el punto justo donde debe suspender la lectura.

Si el que este periódico abre, cafecito servido en la mesa sobre albeante mantel recién tendido, sin una furtiva morona de pan, por diligente mesero, es de los que ha adoptado como estrategia principal el lloriqueo y la autoflagelación para llamar la atención de los medios de comunicación, es menester sacar de inmediato el rosario de la tía Canuta, farfullar una rápida jaculatoria y santiguarse con fruición, mientras tira el libelo del diablo al fogón más cercano: este no es, no, un devocinario de la Cofradía de santa María Magdalena, y así como la Oficialía Mayor ha quedado como palo de perico y su titular Manuel Alamilla Ceballos como un infame traidor a su patria chica, a usted, señor empresario chiquitín, pequeño, mediano –Mipymes, you know?– o grande, acaso tan culpable como los frívolos gobernantes a los que acusa, aquí le vamos a decir, con don Luis de Góngora y Argote –bueno, bueno, ¡den chance!: con Consuelito Velázquez y Víctor Iturbe el “Pirulí”, pues– una que otra verdad amarga.

¿Así le pagas, Manolito zaíno, a ese terruño que en vano te hizo de buena madera? Sí, ya. De eso hemos oído mucho ya varios días, y de la mentada licitación de uniformes escolares por más de 104 millones de pesos ya nos quedó más que claro que no les hizo gracia a los chetumaleños.

Y bueno, internet: nuestros inefables reporteros de cíber ya dictaminaron que la empresa ganadora de la licitación en relidad es una miscelánea que ni a productos Marinela llega –poblana, but of course!–, cuando nuestros vecinos yucatecos le dan a cada viejita de cada pueblito su dotacioncita de hilo y agujas –más unos lentes para ver de cerca en las tibias noches del Mayab– para bordar escudos y emblemas en las playeras de los escolares y sacar para los frijoles, de esos que Jacinto, el mini diputado maya, prefiere comer antes que lanzarse a España, no sea que el malvado gobierno lo vaya a abandonar por allá o hasta en una de esas lo venda a una pareja noruega infértil.¡
Malo, gobierno, malo, malo! ¿Y los empresarios? Resulta que antes de definir el método por el que se haría la adquisición de los susodichos uniformes la Oficialía Mayor se reunió con la Canaco-Servytur de Chetumal, encabezada por Eloy Quintal Jiménez, para plantear la necesidad de satisfacer esta compra derivada de una política pública comprometida por el gobernador Carlos Joaquín González, pero a fin de cuentas presentaron cotizaciones muy elevadas y fuera de mercado.

Los empresarios locales no dieron una opción viable para hacer que al menos parte de la importante derrama económica quedara anclada en Chetumal. Cuando se optó por el concurso nacional, la convocatoria fue pública y abierta, y hubo postulantes de todo el país, de los que obviamente no se podía excluir a los poblanos nada más porque nos caen requetemal.

Sólo una manufacturera chetumaleña acabó concursando al final, perdió y por cierto no impugnó el dictamen. La historia de los rayitos naranja tirando a rojo ya la conocemos, pero si combinamos el innegable como añejo rezago de atención gubernamental al sur estatal con la falta de iniciativa y poca capacidad de respuesta –sea tal por la causa que fuere– de los empresarios locales, el resultado es el que conocemos.

Una cámara de la industra textil muy poderosa y bien organizada condujo a que los uniformes en Yuactán se elaboraran en los municipios. ¡Por algo se llaman emprendedores! Aquí no hay tal. No todo está en manos del gobierno.

Por cierto, ¿sabe el lector dónde se iban a fabricar los uniformes según la propuesta de la Canaco? No en Chetunal. ¡En Yucatán! ¿Qué más da que sea en Puebla o en Sonora. Aquí no iba a ser. ¡Y no serían ancianas campesinas mayas las que confeccionaran las prendas, sino el poderoso consorcio San Francisco de Asís!
Ya, ¿no? Estamos sobrados de martirologios.

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