Lunes, mayo 29, 2017
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La defensa de la integridad territorial de Quintana Roo.

Por  Primitivo Alonso Alcocer

Cuando el senador colímense Alfredo Ruiseco Avellaneda, declaró a la prensa nacional que para resolver el problema de monocultivo del campo yucateco debería devolverse el territorio federal de Quintana Roo a la geografía del Estado de Yucatán, la conmoción que causaron sus palabras en el medio político nacional, especialmente en la Península de Yucatán, fue de pronóstico reservado. Trascurría la mitad del año de 1969 y el dínamo económico del vecino Estado, la fibra del henequén, desde hacía varios años estaba desfalleciente por los bajos precios en el mercado internacional del agave por la emergencia de supletorios sintéticos más baratos, con las consecuencias negativas para la economía de la tierra del faisán y del venado al desplomarse el precio del llamado “oro verde”. La reacción en los círculos de privilegio regionales fue de absoluta adhesión a la iniciativa verbal del político de Colima; se pensaba que la declaración, al provenir de uno de los más destacados militantes del Partido en el poder, llevaba línea y que los días de Quintana Roo como territorio federal estaban contados. Pero la respuesta no se hizo esperar. El entonces gobernador del enclave federal don Javier Rojo Gómez, convocó a las fuerzas fundamentales de la entidad federativa y urde una jugada maestra que tendría verificativo en el cinema Manuel Ávila Camacho ante la presencia del entonces presidente del CEN del PRI don Alfonso Martínez Domínguez, discípulo político de don Javier y antiguo colaborador suyo en el Departamento del Distrito Federal cuando fue regente de la ciudad de México, a quien invita para una reunión partidaria, aunque no dudo que el colmilludo Martínez Domínguez no haya detectado la verdadera intención de su antiguo jefe. La reunión se envolvería con el ropaje de un informe acerca de la marcha del Partido en el territorio y posteriormente el líder nacional tendría un intercambio de impresiones con la juventud en el auditorio actualmente llamado Fonagora, para culminar con una cena privada con el gobernador del territorio. En un día del mes de noviembre de 1969 tuvo lugar el evento; los dos políticos de talla nacional acudieron a la cita en un recinto abarrotado y saturado de mantas desplegadas en los costados del cine teatro y algunas enarboladas por algunas organizaciones con leyendas alusivas a la defensa de la integridad territorial de Quintana Roo y de repulsa a las declaraciones del senador colimense. Se inicia la asamblea política con la participación del maestro Isidro Rivera Zetina presidente del CDE del PRI quien leería su informe de actividades, pero al final intercala un párrafo donde condena las palabras ligeras del legislador y la negativa del pueblo quintanarroense a ceder un milímetro de su geografía; el siguiente orador presumo fue el Lic. Jesús Martínez Ross, seguiría la misma línea marcada por el político hidalguense, enfatizando la lucha del Comité Pro Territorio cuando Quintana Roo fue desmembrado en 1931 y el rechazo total y absoluto de la ciudadanía quintanarroense para desaparecer como territorio federal; ambos oradores fueron premiados con una salva de aplausos mientras don Javier y Martínez Domínguez cambiaban impresiones; el experimentado gobernador daba la impresión que se hacía al desentendido o quizás sorprendido por el espectáculo político que el mismo había organizado sugiriendo en su oportunidad, como sin querer, apuntes políticos para las intervenciones. Cuando se anuncia la participación del líder nacional, primero hay un aplauso atronador y luego un silencio absoluto. Todos esperábamos con marcada expectación el mensaje del político regiomontano. Martínez Domínguez comienza su improvisado discurso lleno de lugares comunes desplegando con su voz de bajo todo el abanico de la fraseología política de la Revolución Mexicana y rindiendo un cálido homenaje a la figura de don Javier Rojo Gómez, para de pronto señalar con índice severo las mantas desplegadas por las organizaciones ahí presentes y sentenciar con voz rotunda: ¡QUINTANA ROO ES DE LOS QUINTANARROENSES! Un aplauso largo con la gente de pie lo interrumpió por largos minutos, mientras las sonrisas iluminaban los rostros de los ahí presentes al percibir que con el mensaje del líder nacional quedaría conjurada la intentona urdida por mezquinos intereses reacios a la emancipación de Quintana Roo como un Estado más de la federación; el propio don Javier sonreía satisfecho. Después de solicitar silencio, Martínez Domínguez prosiguió con su perorata, respaldando al pueblo quintanarroense en su justa aspiración para que Quintana Roo se convierta en un estado más dentro del concierto nacional. Al finalizar, el beneplácito popular se expresó en un aplauso largo y emotivo que agradeció el experto político con los brazos extendidos y con reverentes movimientos de cabeza. Por la noche, se llevaría a efecto el intercambio político con la juventud y recuerdo las macizas e inteligentes intervenciones de Raúl Villanueva Jiménez y de Arturo Villanueva Madrid y de otros más que escapan a mi memoria, comprometiéndome a indagarlo para un futuro texto sobre anécdotas históricas. No me agrada mencionarme, pero tengo que ser objetivo; el que esto escribe, tuvo la honrosa distinción de participar en este debate, consignando también la repulsa de la juventud quintanarroense por las infortunadas palabras del político colímense. Don Alfonso volvería a reiterar con mayor énfasis que Quintana Roo es de los quintanarroenses, exhortando a la juventud, palabras más palabras menos, a participar con altura de miras en la construcción del edificio del próximo Estado y contestando a las preguntas sobre el desarrollo de México y el conflicto de octubre de 1968. Dicho sea sin ningún alarde, mi texto fue obsequiado con una distinción inmerecida por parte del maestro Carlos Hoy y aparece en su importante libro denominado Historia de Quintana Roo en donde relata, en un apéndice especial, los pormenores de la gran defensa de la integridad del suelo quintanarroense ahora conculcado por intereses aviesos que, adelantándose al fallo de la Suprema Corte de Justicia de la Nación en el litigio territorial entre Quintana Roo, Campeche y Yucatán, trazan un nuevo mapa reduciendo una porción significativa de territorio quintanarroense, en una jugada en donde quizás se busca que la ciudadanía se “acostumbre” o se “conforme” con una “nueva realidad geográfica” para después seguir con la instrumentación legal correspondiente. Sobra decir que el reclamo es totalmente in justificado; la historia y el marco de la ley nos favorecen y esta afirmación queda plenamente demostrada en el gobierno del Ing. y Lic. Mario Villanueva Madrid quien ventiló el problema en forma frontal con apoyo técnico, jurídico, histórico y estadístico incorporando en la lid a los tres poderes del Estado contando con el apoyo jurídico de los abogados Joaquín González Castro y Carlos Sosa Huerta; tampoco se puede subestimar a algunos gobernadores que también dieron la gran pelea neutralizando en su momento la embestida en contra de nuestra geografía que perdería diez mil kilómetros cuadrados y cincuenta y ocho comunidades, en total el veinte por ciento de nuestro territorio incluyendo la franja fronteriza con Guatemala de gran importancia geopolítica, de darse un fallo histórico injustificado. Nuestra realidad territorial es de cincuenta mil kilómetros cuadrados y así está consignado en la Constitución General de la Republica y en la del propio Estado. En los últimos años creo ha faltado de nuestra parte el suficiente valor y coraje para manifestarnos en contra de esta nueva intentona de bucanerismo territorial que hoy adquiere más fuerza que nunca. Salvo un valiente grupo en el Sur de ilustres ciudadanos agrupados en sendos movimientos pro defensa de los límites del Estado, en donde destacan entre otros, don Antonio Handall Marzuca (QEPD), el dinámico Luis Ramón Villanueva García, el experimentado político Dr. Alberto España Novelo, Reynaldo Blanco Baeza, Antonio Hoy Manzanilla, las aguerridas María Elena Briceño, Felipa Ramírez Anderson y Josefina Rovira Alcocer, además de Manuel Quintal Pérez uno de los fundadores, faltándome espacio y conocimiento para nombrar a otros destacados luchadores sociales lo que queda pendiente para un futuro texto; ellos han dado la gran pelea con resultados infructuosos, por no encontrar el debido eco en sus acciones para defender la integridad de nuestro solar patrio . En esta lucha cívica que junto con el pueblo deberían abanderar los partidos políticos y las organizaciones patronales como una forma de significar su apoyo a los intereses superiores del Estado, se ha encontrado un enorme vacío. Habría que reconocer que la mayoría no hemos estado a la altura de nuestra responsabilidad histórica. El norte de la entidad ha brillado por su silencio y es la zona en donde más se han beneficiado los hoteleros y otras entidades de la iniciativa privada, mientras la cartografía con el Quintana Roo cercenado sigue apareciendo en nuevas dependencias como si fuese una realidad ajustada a derecho y en este ambiente no ha sido dictada la última palabra. En mi caso particular, a veces me aferro a la publicación de mi libro Cuando Quintana Roo fue Desmembrado que narra las vicisitudes del Comité Pro Territorio que junto con el pueblo logró la reintegración de Quintana Roo a su anterior status de territorio federal después de ser repartido entre Yucatán y Campeche, y creo hallar una justificación que me redime por haber alertado sobre una nueva incursión para afectar nuestro territorio. Nada más erróneo: reconozco que como ciudadano también he fallado en mi responsabilidad cívico-política y entonces recuerdo, con un amargo sabor en la boca, la sentencia histórica de la sultana Aixa a su hijo Boabdil al encontrarlo llorando por la pérdida del territorio de Granada: “no lloréis como mujer lo que no supiste defender como hombre”.

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